—¡Maldita sea, no quiero beber tu sangre!—protestó Alice con terquedad, girando la cabeza para evitar el dedo de Faustino. Le parecía una humillación intolerable.
—¿Crees que quiero darte mi sangre? Es un tesoro, si no fuera absolutamente necesario, ni una gota te daría—espetó Faustino, y sin importarle su resistencia, le sujetó la cabeza y le metió el dedo en la boca a la fuerza.
—¡Mmph!—Alice se retorcía de vergüenza e indignación, resistiéndose con todas sus fuerzas.
Pero cuando probó la sang