—¡Cierra el hocico! ¿Te crees muy valiente? —escupió Federico con desprecio—. ¿Un pedazo de basura como tú piensa que puede matarnos?
Carlos, mirando detrás de Federico, solo sonrió maliciosamente sin responder. Los refuerzos ya habían llegado.
—Él no puede matarlos, ¡pero yo sí! —resonó una voz.
Se acercó un joven extranjero rubio de ojos azules, Jake, con una pistola en cada mano.
—Un extranjero... —murmuró Federico.
—Dios mío... ¿son pistolas? —Larisa, Victoria y Federico palidecieron al inst