AURORA
Odiaba esta habitación. La cama era demasiado blanda. El silencio, demasiado ensordecedor.
Me incorporé lentamente, apartando las sábanas de seda de mis piernas.
El sueño se negaba a llegar.
Cada vez que cerraba los ojos, veía botas negras. El clic metálico de unas esposas. Una mano sobre mi boca.
Exhalé temblorosamente y bajé las piernas de la cama.
Las palabras de Alejandro aún resonaban en mi mente. «Ahora me perteneces, Aurora».
Sentí un nudo en el estómago.
¿Quién se creía que era?