AURORA
El viaje de regreso al ático transcurrió en silencio, salvo por el zumbido del motor del todoterreno y el ritmo pesado y entrecortado de nuestra respiración. Alejandro apretaba el volante con tanta fuerza que el cuero crujía.
Llegamos al ascensor y el silencio era asfixiante, impregnado del persistente olor a pólvora y del terror silencioso de la última hora. Alejandro no me soltó la mano ni un instante; su agarre era tan fuerte que mis nudillos se pusieron blancos, pero no me aparté. Ne