El resto de la mañana y parte de la tarde fueron un borrón de actividad frenética. Audrey se encerró en la biblioteca, el único lugar de la casa que sentía medianamente neutral, y se sumergió en su trabajo. Sus dedos volaban sobre el teclado, redactando informes y revisando presupuestos de la pequeña compañía en la que trabajaba a distancia. Necesitaba que su mente estuviera en cualquier parte, menos en el sabor a whisky de aquel beso o en la sensación de las manos de Alessandro en su cintura.