El trayecto de regreso en el coche fue un descenso a un abismo de confusión que ella no estaba preparada para navegar. Alessandro, el hombre que normalmente cargaba con una armadura de hielo y cuya voz era un látigo de frialdad, se había transformado en alguien irreconocible. No era solo la embriaguez; era la erosión completa de su máscara. Él se había recostado en el asiento de cuero, con la cabeza hacia atrás, pero sus ojos oscuros no se cerraban; permanecían fijos en ella, brillando con una