La penumbra del despacho palpitaba con una electricidad estática que erizaba el vello de los brazos de Audrey. Ignorando las advertencias de su propio instinto —que le suplicaba dar media vuelta y ascender los peldaños antes de ser detectada—, cruzó el umbral. Sabía que su presencia era indeseada; Alessandro Di’ Giovanni era un hombre que cultivaba su fachada de invulnerabilidad con el mismo fervor con que protegía sus secretos, y presenciar las grietas en su armadura era una afrenta que él no