El segundero del reloj de pared parecía martillear contra las sienes de Audrey con una insistencia insoportable. Habían pasado varios días desde la fatídica noche en el despacho, pero el eco de los cristales rompiéndose y la imagen de un Alessandro desmoronado seguían proyectándose en su mente como una película granulada que se negaba a terminar. Se observó la palma de la mano envuelta en una venda que ocultaba la pequeña cicatriz, una línea rosada y apenas perceptible que cruzaba su piel, func