El rugido del motor del deportivo de Alessandro se extinguió frente a la escalinata de la mansión, marcando el inicio de su momento favorito del día. Antes, cruzar ese umbral significaba enfrentarse al silencio sepulcral de paredes de mármol y ecos de soledad; ahora, el simple hecho de girar la llave en la cerradura disparaba una sinfonía de vida.
Apenas abrió la puerta, el aroma a vainilla y hogar lo envolvió. Audrey estaba allí, esperándolo con Maxwell acunado contra su pecho. A su alrededor,