El silencio que recibió a Alessandro al cruzar el umbral de su mansión no era el silencio cálido y reparador que esperaba tras el amargo descubrimiento de la traición de Viktor. Era una quietud pesada, cargada de un presagio oscuro que hizo que sus sentidos se erizaran.
Se dirigió directamente a su despacho con paso firme. En su bolsillo guardaba la grabadora con la confesión de Jack Ainsworth; tenía la evidencia necesaria para hundir a Viktor Sokolov y planeaba transferirla de inmediato a su c