El aire gélido de la mañana golpeaba el rostro de Alessandro mientras permanecía inmóvil dentro de su vehículo, observando a través de los cristales tintados. Sus ojos, fríos como el mármol, no se desviaron ni un segundo de la fachada desconchada del edificio frente a él. Tras días de una búsqueda que rozaba la obsesión, Marcus finalmente había localizado la madriguera del hombre que había destrozado su privacidad.
Un coche rojo, desgastado y con una abolladura en el lateral, se detuvo bruscame