—Naomi, espera… —la llamó Lydia, pero la muchacha no se detuvo.
Sus pasos resonaban apresurados e irregulares, como si estuviera huyendo. Cale no la siguió. Se limitó a mirar a Vincent, que había observado el intercambio en silencio.
—Vincent, ya sabes qué hacer.
—Sí, señor.
Cale dejó que se fuera. Lydia se volvió hacia él y vio algo desconocido en su expresión.
—No vas a dejarla ir así como así, ¿o sí?
—No va a salir de esta casa —dijo Cale en tono seco.
—No le impongas tu voluntad, Cale. —Lydi