Lydia se levantó despacio de su asiento. Se acercó tranquilamente a Naomi, que seguía paralizada cerca de la cocina. Los fragmentos de la taza rota estaban esparcidos por el piso, y la leche derramada había formado delgados regueros que nadie había limpiado todavía. Naomi no se movió. Tenía la mirada fija y la cara pálida.
—Naomi —la llamó Lydia.
La joven parpadeó despacio, como si apenas volviera en sí. Miró a Lydia y luego a Cale, que estaba de pie a unos pasos.
—¿E... es verdad? —preguntó Nao