Mundo ficciónIniciar sesiónFui a Tinder buscando un novio de mentira para una cena con mis amigos metiches y terminé convertida en el peón de un millonario arrogante. Gabriel Wagner tenía un plan perfecto: usarme para poner celosa a Anyer, la intocable mujer que lo tenía obsesionado. Yo solo tenía que fingir ser su prometida en un viaje relámpago a Inglaterra y seguirle el juego. El problema es que subestimó una regla de oro: conmigo, el caos siempre gana. Cuando las peleas constantes se convirtieron en una tensión insoportable y los besos fingidos destrozaron todas nuestras reglas, Gabriel cambió de objetivo. La que antes era su fachada temporal se convirtió en su única obsesión: ¿romper el contrato y huir? Ni en sus sueños más locos se lo permitiría.
Leer más"Ayúdame, Cupido".
El zumbido constante de mi teléfono sobre la mesa de noche no paraba. Era el grupo de W******p de amigos, Zona Rosa, que a estas alturas parecía más una corte de inquisición dispuesta a quemarme en la hoguera de la soltería. El grupo estaba completamente enloquecido, soltando notificaciones como si hubiera estallado la tercera guerra mundial.
~Manu: Anne, necesito que lleves a alguien a la doble cita del sábado. Sí o sí. No acepto un "no" por respuesta.
~Jav: Por Dios, estamos perdidos. Anne lleva milenios soltera. Literalmente, es un fósil viviente en el amor.
~Mateo: Es más probable que nos caiga un meteorito el sábado en la cabeza que Anne consiga una cita real.
~Frank: Amigues, tengan un poco de fe. ¿Verdad, Anne? Sal del escondite y danos señales de vida.
Demonios. Absolutamente todos en el grupo estaban emparejados. Menos yo. Yo era la excepción a la regla, el adorno solitario en la repisa, la tía solterona del grupo a mis veintitantos años. A veces creía firmemente que Cupido no solo me había fallado en las reparticiones, sino que me tenía una inquina personal, generacional y profundamente malintencionada.
Miré la pantalla con odio y tecleé una respuesta defendiendo lo poco que me quedaba de dignidad:
~Anne: Ay, vamos, chicos. Qué poca fe me tienen. De verdad son unos exagerados.
~Manu: Pero... ¿Vas a ir con alguien el sábado al restaurante? Responde con un sí o un no.
~Anne: Obvio que sí. Voy con alguien.
Mentira. Una mentira tan gigantesca, monumental y estúpida como mi propia desesperación. Pero prefería comerme un sapo vivo y entero antes que ser la 'solterona oficial' de la mesa por otro año consecutivo, aguantando sus miradas de lástima y sus consejos de autoayuda barata.
~Frank: ¡¿Qué?! ¡Es el fin del mundo! ¡Anne irá con alguien! ¡Se abre la tierra y los cielos cantan!
Apagué las notificaciones de golpe, lanzando el celular contra la almohada como si quemara. Necesitaba pensar, respirar y trazar un plan maestro antes de que el sábado llegara a cobrarme la factura de mi imprudencia. Puse mi playlist de Taylor Swift a todo volumen, con "Shake It Off" retumbando en mis oídos como un himno personal de resistencia, hasta que un ruido ahogado, feo y sumamente violento proveniente de la cocina me hizo quitarme los audífonos de un tirón.
Era Vicki, mi querida compañera de piso, ahogándose con un trozo de calamar frito como si no hubiera un mañana en este planeta.
—¡Vicki! ¡Demonios! —grité, corriendo hacia la cocina con el corazón en la garganta.
Por suerte, en aquellas vacaciones insufribles con mis padres, donde nos obligaron a tomar un curso de verano de supervivencia, había aprendido primeros auxilios básicos. La agarré por detrás con desesperación y, aplicando un tirón seco y preciso justo debajo de sus costillas, el maldito trozo de calamar salió disparado por los aires hasta estrellarse contra la ventana.
—¡Por todos los santos, Vicki! ¿Qué estabas haciendo? ¿Intentando matarte un martes por la tarde? —le reproché, con las manos temblando. —¡Anne! —jadeó ella, roja como un tomate y con los ojos llorosos—. ¡Casi me da un infarto! Pero dime... ¿Es cierto lo que leí en el chat? ¿De verdad tienes con quién ir el sábado?
El suspiro que solté podría haber apagado una vela a tres metros de distancia. Me dejé caer contra la barra de la cocina.
—No, Vicki. No. Obviamente, no tengo con quién ir. Me inventé semejante estupidez porque no soporto su presión social.
—¿En serio? ¡¿Y por qué mentiste en el chat grupal?! ¡Casi me muero del susto dos veces en menos de diez minutos! —exclamó ella, frotándose la garganta adolorida.
—Vamos, no es para tanto el drama.
—¡Claro que lo es! ¿Sabes cuánto llevas soltera? Demasiado tiempo. La respuesta es indefinidamente demasiado para una chica de nuestra edad.
—Es que no lo entiendes —me quejé, arrastrando las palabras y desplomándome en una silla—. Estoy harta. Harta de los hombres, de sus jueguitos mentales, de sus mensajes en visto y de su eterno aire de superioridad insoportable.
—Pues sal con una mujer, o búscate un actor pagado por hora en una agencia, pero soluciona tu vida —dijo ella con total naturalidad, como si estuviera sugiriendo comprar pan en la esquina de la cuadra.
—¿Y dónde se supone que consiga un novio de mentira a última hora? ¿En una máquina expendedora en la estación de metro? —O descárgate Tinder. Todo el mundo encuentra un desastre conveniente y rápido ahí. Es solo pasar el dedo a la derecha. Lo más fácil del mundo moderno.
—¡Carajos! No creo que sea tan sencillo ni tan milagroso.
Ese día, arrastrada por la dignidad completamente por los suelos y la presión inminente del sábado, terminé cediendo. Descargué la maldita aplicación en el teléfono. Mi perfil era un desastre absoluto, pero lo configuré rápido con una foto decente donde al menos salía con buena iluminación. Empecé a deslizar perfiles de chicos con frases sumamente pretenciosas, fotos falsas en el gimnasio y poses ridículas, hasta que me topé con uno que destacaba por completo entre la mediocridad: cabello ligeramente ondulado, una sonrisa arrogante que daban ganas de borrarle a golpes y unos ojos penetrantes que parecían juzgarte a través de la pantalla. Se llamaba Gabriel.
No sé si fue el insomnio, la rabia acumulada o la pura desesperación de quedar bien, pero le di a la derecha sin pensarlo dos veces.
¡Match!
La pantalla brilló con la notificación. Antes de que el cerebro pudiera detener a mis dedos, estos volaron sobre el teclado. Quería a alguien directo, alguien que no me viniera con tonterías románticas ni frases de catálogo.
Yo: Hola. ¿Estás disponible el sábado para fingir que eres mi novio frente a mis amigos insoportables? Te compensaré por las molestias.
Me quedé mirando el mensaje enviado con los ojos bien abiertos. Sí, directa a la locura total. Dos minutos después, su respuesta llegó como un balde de agua helada directo en la cara.
Gabriel: No sé quién seas, ni por qué crees que estoy disponible para payasadas de citas falsas. Consíguete a otro idiota en esta app.
¿¿Disculpa?? ¿Un total desconocido rechazándome a mí con tanta prepotencia? Mi ego, que ya estaba bastante golpeado por la sequía amorosa, se encendió en llamas instantáneamente.
Yo: Mira, cerebrito de pacotilla, si te escribí fue porque parecías el menos insoportable de todo este catálogo de Tinder, pero ya veo que me equivoqué rotundamente. Quédate con tu ego inflado y vete a pasear.
Gabriel: Jaja. ¿Ego inflado? Curioso que hables de eso cuando estás rogando en una aplicación de ligue por un novio fake para el fin de semana. Si tan desesperada estás por encajar, tal vez podamos llegar a un acuerdo mutuo. Pero bájale dos rayitas a la actitud defensiva, nena.
¡Nena! ¡Me había dicho "nena" con un descaro tremendo! Odiaba profundamente que me hablaran de esa forma tan condescendiente. La chispa de un odio mutuo e instantáneo nació allí mismo, ardiendo con la fuerza de la dinamita pura.
Yo: Te veo mañana sin falta en la cafetería 'Tío Rico' a las 3:00 p.m. en punto. Y te juro que si aceptas fingir, será estrictamente por dinero, porque me caes rematadamente mal desde el primer segundo.
Gabriel: Perfecta coincidencia, genio. A mí también me repugnas, pero me sirve tu propuesta desesperada. Nos vemos mañana. No te vayas a acobardar.
Apagué el teléfono de golpe, con las manos temblando de rabia pura. Ese tal Gabriel era un imbécil arrogante, insufrible, cínico y con una pinta de infiel empedernido que tiraba para atrás.
"Cupido y mis amigos metiches"El bullicio del Restaurante Acuario era una mezcla ensordecedora de cubiertos chocando contra la porcelana, risas estridentes y ese característico olor a mariscos fritos que, en condiciones normales de glicemia y paz mental, me habría abierto un apetito voraz. Pero esa noche, con el estómago completamente encogido en un nudo de puro pánico escénico y rabia contenida tras el numerito en el auto, lo único que sentía ganas de hacer era correr hacia el baño más cercano y encerrarme a llorar hasta el próximo siglo.Gabriel, con esa calma insultante y cínica que parecía venir integrada en su ADN de manipulador profesional, me ofreció el brazo justo antes de cruzar la imponente puerta de cristal. Lo miré con desprecio puro, entornando los ojos.—Ni creas por un segundo que te voy a tomar del brazo como si fuéramos una feliz y enamorada parejita de revista, Gabriel —le susurré entre dientes, ajustándome la correa del bolso con los nudillos blancos de la tensión.
"Cupido y otras formas elegantes de secuestro"La semana previa pasó zumbando frente a mis ojos como un suspiro largo y cargado de pánico, dudas existenciales y una ansiedad tan pura que me impedía dormir más de tres horas seguidas por las noches. Entre el acoso sutil pero constante del grupo Zona Rosa en el chat grupal —preguntando emocionados cada detalle de mi supuesta y flamante relación amorosa— y las ganas intensas, incontrolables y profundamente reprimidas que tenía de estrangular a Gabriel mental y físicamente, el sábado llegó mucho más rápido de lo que mi frágil salud mental podía tolerar.Eran exactamente las 7:55 p.m. en punto cuando el timbre de la puerta principal de mi casa sonó con una puntualidad insultante que parecía un recordatorio mecánico de que mi condena social y personal había comenzado oficialmente hoy.Abrí la puerta de un tirón seco y allí estaba él, plantado en el porche de entrada como si fuera el mismísimo dueño del universo entero. Gabriel llevaba una ca
"Cupido me odia (y este idiota también)"Eran exactamente las 2:55 p.m. del día siguiente cuando empujé la puerta de cristal de la cafetería Tío Rico con tanta fuerza que el timbre sonó como una campanada de advertencia apocalíptica. Mi ritmo cardíaco competía directamente con el de una maratón olímpica, y no precisamente por una pizca de romanticismo o ilusión, sino por las ganas inmensas y reprimidas que tenía de cruzarle la cara a bofetadas al imbécil con el que había chateado la noche anterior. ¿En qué momento exacto mi vida se había convertido en un chiste de mal gusto?Elegí una mesa solitaria justo al lado de la ventana que daba a la calle, me crucé de brazos con fuerza y puse mi mejor cara de pocos amigos, esa que usaba cuando alguien intentaba colarse en la fila del supermercado.Diez minutos tarde apareció él. Entró con una tranquilidad desesperante, como si el mundo entero girara a su ritmo y a nadie le importara. Vestía una sudadera negra de marca, el cabello ligeramente a
"Ayúdame, Cupido".El zumbido constante de mi teléfono sobre la mesa de noche no paraba. Era el grupo de WhatsApp de amigos, Zona Rosa, que a estas alturas parecía más una corte de inquisición dispuesta a quemarme en la hoguera de la soltería. El grupo estaba completamente enloquecido, soltando notificaciones como si hubiera estallado la tercera guerra mundial.~Manu: Anne, necesito que lleves a alguien a la doble cita del sábado. Sí o sí. No acepto un "no" por respuesta.~Jav: Por Dios, estamos perdidos. Anne lleva milenios soltera. Literalmente, es un fósil viviente en el amor.~Mateo: Es más probable que nos caiga un meteorito el sábado en la cabeza que Anne consiga una cita real.~Frank: Amigues, tengan un poco de fe. ¿Verdad, Anne? Sal del escondite y danos señales de vida.Demonios. Absolutamente todos en el grupo estaban emparejados. Menos yo. Yo era la excepción a la regla, el adorno solitario en la repisa, la tía solterona del grupo a mis veintitantos años. A veces creía firm





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