—Podría hacerlo —respondió Lydia sin darse tiempo a pensarlo.
—Entonces no hay problema. —El tono de Cale era demasiado despreocupado.
Y, de algún modo, la despreocupación de Cale fue precisamente lo que la inquietó.
—Cale —dijo ella, más suave ahora, mirándolo—, en serio eres imposible.
—Puede ser.
—Estamos en un lugar público.
—Nadie nos presta atención.
Lydia dejó escapar un largo suspiro para serenarse.
—No se trata de eso.
—¿Entonces de qué?
No respondió enseguida. Su incomodidad no se debí