Cale notó que ella ya había terminado de comer. Solo quedaban algunos restos de su ensalada favorita y el postre. Sin decir nada, sacó una caja pequeña del bolsillo interior de su saco y la puso sobre la mesa.
—Para ti.
Lydia miró la caja y luego a él.
—¿Qué es esto?
—Un regalo.
—Ya estamos casados —dijo Lydia, aunque no parecía rechazar el regalo.
—¿Y por estar casados ya no puedo darte regalos?
Lydia suspiró, pero de todos modos acercó la caja. La abrió despacio, conteniendo el aliento casi si