Harold tosió. Un hilo de sangre le bajaba de la nariz hasta el labio partido. Aun así, se le escapó una risa débil, quebrada y terca.
Cale se inclinó apenas.
—¿Sabes lo que causaste con lo que hiciste? —Su voz era baja y tensa—. Por tu culpa, mi familia pasó semanas aterrada. Los niños lo vieron todo. La casa estuvo vigilada día y noche. Arrastraron nuestro apellido por el lodo en todas partes.
Lo agarró de la pechera de la camisa arrugada y manchada de sangre, y lo jaló hacia adelante.
—¿Y toda