El cuarto de concreto volvió a quedar en silencio cuando terminó la llamada.
El reflector encima de Harold seguía encendido con una luz dura y proyectaba sombras marcadas sobre su cara, ya llena de moretones. Tenía una mano atada detrás de la silla metálica. Tenía sangre seca pegada en la comisura de los labios, y la hinchazón de un lado de la cara había empeorado.
De toda la arrogancia de Harold solo le quedaba una mirada desafiante, fija en sus captores como si todavía no hubiera perdido.
Como