Mientras tanto, Selena salió del comedor con la espalda recta y el paso medido. Había recuperado su compostura fría de siempre, como si lo ocurrido en la mesa del desayuno no significara nada para ella.
Pero, por dentro, la furia le hervía, aguda e inquieta, ante la conducta cada vez más desafiante de Eli.
La noche anterior, cuando intentó hablar con ella, la niña le había cerrado la puerta de su habitación.
Maldita sea. Ya se lo había advertido con toda claridad. Pero por lo visto, no bastaba.