Harold estaba sentado ahí. Y tenía un aspecto mucho peor que el de alguien desaliñado.
Tenía las manos atadas detrás del respaldo con gruesas amarras de plástico que se le clavaban en las muñecas hasta dejarle la piel en carne viva y enrojecida. La camisa fina que llevaba antes ahora estaba arrugada y rasgada, y le faltaban varios botones. Polvo y sangre seca le manchaban el pecho y las mangas.
En su cara ya no quedaba ni rastro de la expresión tranquila que solía mantener.
Tenía la comisura de