—Sí —respondió Lydia en voz baja—. Confío en ti.
Cuando Cale volvió a acercarse, Lydia retrocedió un poco para contenerlo.
—Espera... no te apresures. No voy a ninguna parte.
Una sonrisa ladina asomó en la cara de Cale.
—Lo sé.
—Entonces déjame arreglarme. —Lydia le apoyó la mano en el pecho—. Tú ya preparaste ese camisón, ¿no? Sería un desperdicio no usarlo.
Cale sonrió y se humedeció los labios.
—Tienes razón.
Echó un vistazo al camisón rojo de encaje que descansaba sobre la cama, de un atract