—Maldita sea —masculló Selena con los puños apretados. Respiraba rápido y entrecortado mientras luchaba por contener la rabia.
La puerta del comedor se cerró de golpe tras ella. Se alejó deprisa, todavía con la respiración agitada. Se le tensaba la mandíbula cada vez que recordaba cómo Nathan y Riana la habían mirado, como si ella tuviera la culpa de todo. La manera en que la habían juzgado. Tenían que haberse dado cuenta de que decía la verdad.
—Están demasiado ciegos —murmuró Selena con la car