Esa tarde, la sede del Grupo Callister se sentía más fría de lo habitual por la presión desde la apertura de la bolsa esa mañana.
Los ventanales de cristal del edificio reflejaban la ciudad inquieta allá abajo, mientras detrás de esas superficies brillantes una compañía conocida desde hacía tiempo por su estabilidad se carcomía desde el interior.
Cale estaba frente a la pantalla grande de la sala de juntas pequeña. Su traje seguía impecable, pero su mandíbula estaba tensa. La tableta que sosten