Bajaron al piso inferior. El pasillo que llevaba a la sala de interrogatorios estaba inquietantemente silencioso. Las luces blancas ardían con firmeza sobre sus cabezas y proyectaban sombras nítidas a lo largo de las paredes. Frente a la puerta de acero, Arven se detuvo.
—¿Entro con usted? —preguntó.
Daven negó.
—No. Quédate en la oficina y vigila cualquier movimiento que valga la pena. Si Bret hace algo, quiero ser el primero en saberlo.
Arven asintió.
—Entendido, señor.
La puerta se abrió.
Osc