—Cale… no tienes que estar aquí —dijo Lydia con la voz ronca desde debajo de la cobija—. Es solo una fiebre leve.
—Una fiebre leve no te hace temblar así —respondió Cale, con el ceño fruncido mientras le estudiaba la cara—. Tu temperatura está casi en cuarenta.
—Eso no es asunto tuyo.
—Ahora lo es.
Lydia le dirigió una mirada débil.
—No te pedí que vinieras.
—Y yo no pedí permiso para aparecer.
—Cale…
—Lydia —la cortó él, en un tono calmado—. Deja de discutir. No estás en condiciones de ganar.
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