La lluvia seguía cayendo cuando el auto de Daven se detuvo frente a la casa de Althea. Las luces del jardín proyectaban un suave resplandor dorado sobre el suelo mojado y pintaban la noche con un brillo tranquilo y tierno.
—Te acompaño hasta la puerta —dijo Daven, alcanzando un paraguas.
Althea sonrió.
—No es necesario, Daven. Yo puedo sola.
—Es muy peligroso dejar que camines bajo la lluvia —respondió él enseguida, en un tono ligero pero sincero—. Además… todavía no estoy listo para despedirme.