Esa mañana, el patio frontal de la comisaría de Solaviz estaba inusualmente tranquilo. La mayoría de los oficiales ni siquiera había llegado. El rocío todavía cubría las hojas; el aire fresco se entrelazaba con el aroma del asfalto húmedo.
Pero la calma se hizo añicos cuando alguien gritó en pánico.
—¡Rápido! ¡Alguien se desplomó en la entrada principal!
Varios oficiales salieron corriendo. Un hombre yacía tirado en el suelo, vestido únicamente con unos shorts. Tenía la cara hinchada, los labios