Daven se sentó a la mesa cerca de la cocina mientras el aroma del queso derretido dominaba sus sentidos. No le quitó la mirada de encima ni un segundo. Observó a Althea moverse por la cocina con rapidez y precisión, como si ese fuera su lugar. Cada movimiento era fluido, sin esfuerzo. Como si fuera su espacio personal, como si ahí encontrara consuelo.
—Eres muy buena en esto —comentó él, rompiendo el silencio.
Althea lo miró por encima del hombro y parpadeó.
—¿Buena?
—En la cocina.
Rio entre dientes, un tanto sorprendida.
—He practicado bastante —respondió mientras se volvía hacia la estufa. Althea volvió a reír con suavidad—. Me gusta cocinar. Me hace feliz convertir ingredientes sencillos en algo rico... sobre todo cuando alguien más lo disfruta.
Ah, se le había olvidado; a Daven no le gustaba que hablara de más.
—Perdón, Daven —murmuró, interrumpiéndose.
—¿Por qué te disculpas? —preguntó él con una sonrisa burlona—. Sigue hablando si quieres.
—¿Qué pasó con las discusiones de la