—Solo te pido un mes. Un mes para ser tu esposa en serio —dijo ella en voz baja, pero sin rastro de duda.
Daven no respondió. Le dio un trago pausado a su café, como si necesitara ese silencio para procesar su petición.
—Si eso es lo que quieres en serio, déjame dejártelo claro otra vez.
Puso la taza en la mesa con fuerza. El golpe resonó más de lo debido y Althea sintió una punzada, como si fuera una advertencia. Aun así, no se achicó. Sentía que merecía crédito por no echarse para atrás.
Así que Daven se decidió: si ella quería jugar a esto, lo harían bajo sus reglas.
—No se vale arrepentirse.
—¿Cuándo dije que lo haría? —respondió Althea, manteniendo la calma a pesar de la inquietud que sentía. Aunque la mirada de Daven parecía quemarle la piel, se mantuvo firme. No iba a huir. Esta vez no.
Que el mundo dijera que estaba desesperada. Que era patética. La idiota más grande del mundo. No le importaba, mientras que...
—Prepárate porqu…
Su celular sonó.
La interrupción cortó sus palabra