“¿En qué estoy pensando?” Althea apretó el botón con fuerza; sus dedos temblaban por los restos de una valentía que ya empezaba a convertirse en arrepentimiento. El aire dentro del ascensor se sentía denso, burlándose de ella por el atrevimiento que acababa de tener.
—Dios... debí parecer una loca —murmuró. Luego se inclinó hacia adelante y golpeó su frente contra la pared. Quizás la vergüenza disminuiría si lograba salir de ese aturdimiento.
La cara de Daven apareció en su mente. Su expresión. La forma en que la miró. Todavía podía sentirlo, de manera clara e inevitable. Aún no podía creer lo que había hecho: sacarlo de su oficina así nada más, con una seguridad que ni ella misma sabía que tenía.
Pero entonces…
—¿A dónde me llevas? —preguntó Daven.
Habló con tranquilidad, pero sus ojos se veían atentos y curiosos mientras las puertas del ascensor se cerraban y empezaban a bajar.
Althea se mordió el labio.
—Yo... no pensé en eso.
Al darse cuenta de lo absurda que sonaba, soltó la mano