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La palabra que salió sin querer

El salón quedó en silencio absoluto.

Incluso la notificación que parpadeaba en la pantalla del portátil de Marco parecía llegar desde muy lejos.

Papá.

La palabra aún flotaba en el aire cuando Lucas se puso de pie, con la manta deslizándose por sus hombros, y clavó sus ojos oscuros directamente en Alejandro.

Alejandro se quedó inmóvil.

No por la amenaza que aparecía en la pantalla.

No por aquella publicación repugnante.

Sino por una pequeña palabra que había salido de la boca de su hijo sin planearlo.

Sin estrategia.

Sin permiso.

Sofía miró de un rostro a otro.

Y entonces sus ojos se abrieron con sorpresa.

«Lucas te llamó papá», dijo en voz baja, como si acabara de presenciar un pequeño milagro que le parecía incluso más importante que la amenaza de secuestro.

Las mejillas de Lucas se tiñeron de rojo al instante.

«No», se apresuró a decir. «Es que…»

«Le has llamado papá», repitió Sofía, esta vez con más claridad.

«Ha sido sin querer.»

Alejandro se movió por fin.

Seguía agachado frente a Lucas, con la mano firme sobre su pequeño hombro.

Sus miradas quedaron al mismo nivel.

Isabella vio cómo aquel hombre, que siempre sabía exactamente qué decir, elegía sus palabras con sumo cuidado, como si uno de los dos pudiera romperse si pronunciaba algo equivocado.

«Lo he oído», dijo Alejandro con suavidad.

Lucas se puso rígido.

«Ya te he dicho que ha sido sin querer.»

«Lo sé.»

«No significa nada.»

Los ojos oscuros de Alejandro no se apartaron de él.

«Puede significar lo que tú quieras», respondió. «O no significar nada en absoluto.»

Lucas lo miró con desconfianza.

Buscó alguna trampa.

No encontró ninguna.

Bien.

Porque en esa ocasión, realmente no la había.

Sofía, en cambio, esbozó una pequeña sonrisa.

«Me ha gustado que te haya llamado papá.»

Lucas soltó un suspiro fuerte.

«Claro que te ha gustado. Te gustan todas las cosas que hacen que todo sea aún más extraño.»

«Porque nuestra familia ya es extraña de por sí.»

Nadie en la habitación pudo negarlo.

Isabella exhaló despacio.

Ese frágil instante casi parecía algo bueno.

Pero la pantalla del portátil de Marco seguía encendida en un rincón.

Y seguía mostrando la amenaza.

Mañana nos llevaremos al niño.

La realidad volvió a golpearlos a todos con fuerza.

Alejandro se puso de pie.

Su expresión cambió de inmediato.

Ese leve atisbo de ternura que había aparecido desapareció por completo.

Solo quedó una dureza de acero.

«Javier», llamó.

El jefe de seguridad respondió al instante desde el umbral de la puerta. «Sí, señor.»

«Nivel rojo. Prohibido el uso de ascensores. Prohibido el uso de escaleras de servicio. Todo acceso a esta planta queda bloqueado, excepto con mi código, el de Isabella y el tuyo.»

«Ya está hecho.»

«Coloca a dos hombres más en el pasillo exterior.»

«En cinco minutos.»

Lucas levantó una ceja con curiosidad.

«Nivel rojo suena como el nombre de un dinosaurio.»

Alejandro lo miró por un momento.

«Es el nombre que le damos a la situación cuando alguien se acerca demasiado y yo quiero que se mantenga muy lejos.»

Lucas reflexionó sobre sus palabras.

Y asintió con un gesto casi imperceptible.

«Bien. Yo también quiero eso.»

Isabella acarició suavemente el cabello de Lucas.

«Escúchame, cariño», dijo con voz suave pero firme. «Esta noche nadie saldrá de la sala segura sin un adulto, ¿entendido?»

Lucas la miró.

«¿Por la amenaza?»

«Sí.»

«¿Es una amenaza de verdad?»

Esta vez fue Alejandro quien respondió.

«De verdad.»

Sofía abrazó con más fuerza a su peluche, el señor Bigotes.

«¿Por qué quieren llevarse a Lucas y no a mí?»

No había forma delicada de explicar la maldad de algunos adultos.

Isabella eligió ser lo más honesta posible.

«Porque hay personas que creen que los niños son más importantes que las niñas.»

Sofía frunció el ceño con desdén.

«Eso es una tontería.»

«Tienes razón», coincidió Alejandro.

«Una tontería enorme.»

Lucas pareció enfadarse un poco más al escuchar aquello.

Bien.

La ira era más segura que el miedo para un niño como él.

«Si vienen», dijo, mirando de nuevo a Alejandro, «de todos modos no pienso esconderme como un conejo.»

«Tampoco te pido que lo hagas.»

«Bien.»

«Pero te quedarás detrás de mí.»

Lucas inclinó la cabeza.

«¿Es una orden, papá?»

Esta vez la palabra salió con intención.

No fue fuerte.

Tampoco suave.

Fue como una pequeña piedra lanzada sobre la superficie del agua, solo para ver qué olas provocaba.

Isabella lo notó.

Alejandro también.

Y, por un instante, el rostro de aquel hombre estuvo a punto de quebrarse.

«Solo si tú decides tomarla como tal», respondió con suavidad.

Lucas sostuvo su mirada durante dos segundos.

Luego soltó un resoplido y desvió la vista.

«Todavía no lo he decidido.»

Pero no retiró la palabra.

Un avance.

Pequeño.

Arriesgado.

Real.

Alejandro llamó a Carmen cinco minutos después.

Esta vez la llamada fue atendida al segundo timbrazo.

La voz de la mujer sonaba agotada.

Y asustada.

«¿Alejandro?»

«Valentina ha entrado en la planta de los niños utilizando una tarjeta de visitante expedida a tu nombre.»

No hubo saludos.

No hubo amabilidad.

Solo una acusación directa.

Hubo silencio al otro lado de la línea.

Y entonces se oyó una respiración entrecortada.

«Dios mío…»

«No», la interrumpió Alejandro con tono impasible. «No invoques a Dios antes de darme una explicación.»

Isabella se mantuvo lo bastante cerca para escuchar cada palabra.

Carmen parecía estar conteniendo el llanto.

«Yo no le he dado acceso a Valentina.»

«El registro del sistema dice lo contrario.»

«Ricardo tomó mi tableta anoche. Creí que solo revisaba su correo. No sabía que podía…»

Alejandro la interrumpió de nuevo.

«¿No sabías?», bajó el tono de voz. «Le has facilitado el colegio de los niños. Sus horarios. Sus rutas. ¿Y ahora también quieres decirme que no sabías que tus claves se estaban usando para abrir las puertas de esta casa?»

Sofía se tapó los oídos con ambas manos.

Isabella hizo una seña inmediata a Marta para que llevara a los niños al interior de la sala segura.

Lucas se negó a moverse.

Por supuesto.

Se quedó en el umbral, escuchando con una expresión demasiado madura para su edad.

Carmen comenzó a llorar de verdad al otro lado del altavoz.

«Me equivoqué. Lo sé. Pero te juro que nunca habría permitido que esa mujer se acercara a mis nietos si hubiera sabido…»

«Si hubieras sabido», repitió Alejandro con frialdad. «La palabra favorita de todos aquellos que no logran proteger a los suyos.»

Hubo silencio.

Solo se oían los sollozos ahogados.

Entonces Carmen habló, casi en un susurro: «Ricardo se ha ido.»

Isabella levantó la vista de inmediato.

«¿Qué quieres decir con que se ha ido?», preguntó Alejandro.

«Ya no está en la finca. Se llevó dos carpetas de su despacho privado del fondo de inversión y se marchó hace unos treinta minutos.»

«¿Adónde ha ido?»

«No lo sé.»

Alejandro soltó una risa breve y vacía.

«De repente, nadie en esta familia sabe nada.»

Cortó la llamada.

Sin despedirse.

Sin palabras de cierre.

Sin el menor rastro de compasión.

Marta consiguió finalmente llevar a Sofía hasta el sofá de la sala segura, con un vaso de leche caliente y un cuento sobre un castillo de almohadas.

Lucas seguía en el umbral.

No entraba.

No se marchaba.

Solo se quedaba allí, mirando fijamente a Alejandro.

«¿Estás enfadado con la abuela?»

Alejandro se volvió hacia él.

«Sí.»

«¿Muy enfadado?»

«Sí.»

Lucas asimiló la respuesta.

Y luego preguntó: «¿Más que con el abuelo?»

Alejandro guardó silencio por un instante.

«Es diferente.»

«Entonces duele más.»

Isabella cerró los ojos por una fracción de segundo.

El niño era demasiado inteligente para su propio bien.

Alejandro, en cambio, asintió levemente.

«Sí.»

Lucas se quedó pensando unos segundos.

Y luego dio un paso hacia él.

No se acercó demasiado.

Solo un paso.

«Entonces…», se rascó la ceja, claramente incómodo por lo que iba a decir, «puedes tomar prestado mi dinosaurio. Por ahora.»

El tiempo pareció detenerse de nuevo.

No tanto como la vez anterior.

No con la misma intensidad.

Pero lo suficiente para que el pecho de Isabella se sintiera apretado.

Alejandro miró el juguete de plástico que Lucas le ofrecía, como si tuviera más valor que todas las acciones del Grupo Montenegro juntas.

«Gracias», respondió.

Lucas levantó la barbilla con orgullo.

«Solo por un tiempo.»

«Lo entiendo.»

Lucas se dio la vuelta antes de que pudieran leer su expresión.

Entró en la sala segura.

Cerró la puerta a medias.

No del todo.

Otro pequeño avance.

Alejandro seguía sosteniendo el pequeño dinosaurio cuando Marco entró corriendo en la habitación.

«Señor.»

Todos los adultos se tensaron de nuevo.

«¿Qué pasa?», preguntó Alejandro.

Marco tragó saliva.

«Acabamos de rastrear el origen de las dos últimas publicaciones anónimas. No provienen de un servidor extranjero. Ni de una red privada virtual.»

El ambiente de la habitación se volvió repentinamente más frío.

«¿Y entonces?», preguntó Isabella.

Marco levantó una tableta.

«El último envío se realizó desde dentro de este edificio.»

Nadie se movió.

Javier ya estaba mirando las imágenes de las cámaras del pasillo.

«Es imposible.»

«No lo es.» Marco amplió el mapa de la red. «Es muy posible. La conexión se estableció desde el punto de acceso de la red de invitados de la planta veintisiete.»

La planta situada justo debajo de ellos.

Justo debajo de la planta privada.

Alejandro observó la pantalla.

Su expresión cambió lentamente.

Se volvió más silenciosa que la propia ira.

«¿Quién está en la planta veintisiete?», preguntó.

Javier revisó rápidamente la lista en su propia tableta.

«Hay una suite vacía en reformas. Un trastero. Y…»

Se detuvo.

Alejandro lo miró fijamente.

«¿Y qué?»

El rostro de Javier se endureció.

«La suite del ala este. Reservada desde hace tres días a nombre de una fundación.»

El estómago de Isabella se contrajo de inmediato.

«¿Quién se ha registrado?»

Javier deslizó la pantalla.

El nombre aparecía claro y breve.

Frío.

Preciso.

V. Reyes

Valentina.

Alejandro cerró los ojos por un instante.

Solo uno.

Y luego los abrió de nuevo.

No quedaba rastro de ternura.

Ni de duda.

Solo una decisión firme.

«Ha estado en este edificio todo este tiempo», dijo Isabella.

«Sí.»

Marco tragó saliva de nuevo.

«Señor… las cámaras del pasillo de la suite veintisiete acaban de dejar de funcionar.»

Nadie en la habitación necesitaba una explicación para entender lo que aquello significaba.

Valentina sabía que habían comenzado a buscarla.

Y ahora estaba moviéndose.

Alejandro dejó el dinosaurio de Lucas sobre el escritorio con mucho cuidado.

Y luego tomó una pistola del cajón lateral.

Isabella se puso rígida.

«Alejandro…»

Él se volvió hacia ella.

Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella.

«Si todavía está en este edificio», dijo con voz suave pero firme, «seré la primera persona en encontrarla.»

De repente, la alarma del edificio comenzó a sonar.

Fuerte.

Aguda.

Con luces rojas parpadeantes.

Las luces de emergencia se encendieron en todos los pasillos.

Sofía gritó asustada desde dentro de la sala segura.

Lucas exclamó: «¡Odio ser rico!»

Javier se ajustó el auricular.

«¡Señor! El sistema contra incendios se ha activado en las plantas veintisiete y veintiocho. El ascensor principal está bloqueado. Las escaleras de emergencia se han abierto automáticamente.»

Alejandro miró hacia el techo, donde las luces rojas seguían parpadeando.

Luego miró a Isabella.

Y finalmente hacia la puerta de la sala segura.

Y cuando habló, su voz sonó tan tranquila que hizo que la sangre de Isabella se helara en las venas.

«Esa no es una alarma», dijo.

«Es una invitación.»

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