Enrique Vargas
Desperté y atardecía. ¡Mierda!, al sentarme, Victoria estaba a mi lado y Rafael no se encontraba por ningún lado. Miré el celular y tenía un mensaje de Sebastián, de Dante, de mi abuela. Volví a dejarlo a un lado y en silencio de nuevo. Tenía mucha hambre; desde el desayuno no ingería nada de alimento.
Pero estar con ella aquí calmaba mi apetito, pero se incrementaba el otro apetito. Con mi nariz le acaricié la mejilla, olía delicioso, lamenté haberme dormido. Volví a acariciar