Andrea
—No, no, papá, no digas eso —grité. Lo que me faltaba para cerrar con broche de oro mi crisis existencial—. La mala soy yo. La indigna, la mala hija. No digas eso, ni se les ocurra pensar que fallaron. Se los suplico, por favor. No, no, no.
Ya no podía más. De verdad me dolía el alma. Dios… por favor. De corazón te ofrezco redimirme, por favor. No volveré a estar con un hombre, a no ser que el último y único, si soy digna de ser la esposa de alguien. Libra a mis padres de su culpa, libra