Demetrio
Mi esposa acariciaba con delicadeza los moretones que tenía en todo el cuerpo. Habíamos llegado luego de haber mandado a dormir y matar a una veintena de hombres de seguridad y como a unos quince de civiles pedófilos. En esa discoteca nos estaban esperando.
Lo único bueno y que sentí algo diferente en mi pecho fue el rescate de esos treinta niños y veinte niñas de todos los países. Los hijos de puta ofrecían «sabores del mundo». Así se llamaba el servicio para enfermos que inmiscuían a