Las veinticuatro horas de Alice empezaron con Max.
No con Liam. No con Matteo. No con la cláusula de Margaret ni con las propuestas que acababan de quedar suspendidas en la sala cuatro como dos caminos incompletos. Empezaron en la habitación 114, con Max en la manta de actividades, intentando alcanzar un aro de tela con esa coordinación imperfecta de los seis meses que tenía más intención que resultado.
Cuando Alice entró, él giró hacia su voz con la respuesta de siempre.
—Hola, Max.
Max abrió l