La sala cuatro tenía una sola cabecera.
Alice se aseguró de que todos lo vieran antes de sentarse.
No era la sala más elegante del Hotel Miller ni la más amplia. No tenía vista a la bahía ni una mesa diseñada para impresionar a fondos externos. Tenía ocho sillas, una ventana al jardín botánico y la proporción exacta de un espacio donde nadie podía esconderse demasiado lejos de la conversación. Por eso Alice la había elegido.
Cuando entró, todos estaban ya en sus lugares.
Ferreira ocupaba la dere