Eran las 11:47 a. m. El sol de enero caía por los ventanales del lobby como si no tuviera idea de lo que estaba a punto de entrar. Alice cruzó la puerta principal del Hotel Miller con el teléfono en la mano y el paso medido de quien no corre porque no lo necesita. El interior olía a café y madera encerada. Dos huéspedes en los sillones del fondo.
Periódico. Taza. Una recepcionista actualizando reservas sin levantar la vista. El hotel respiraba. Y eso importaba. Eduardo ya estaba en recepción. No