Valeria llamó a las siete y dieciséis, demasiado temprano para que fuera una cortesía.
Alice ya estaba despierta. Había dormido seis horas, que era lo que el cuerpo pedía ahora con una insistencia que no admitía negociación, y a las seis y media estaba frente a la ventana de su habitación en el Hotel Miller con el café en la mano y el nombre de la noche anterior todavía en algún lugar entre el pecho y la garganta.
Max.
Lo había dicho en voz alta por primera vez y el mundo no había implosionado,