La cita era a las once.
Alice salió del hotel a las diez y veinte. No porque el Centro Médico Miami Shores quedara lejos. Porque había aprendido, en los meses anteriores, que los trayectos hacia las consultas necesitaban ese margen: el tiempo para dejar de ser directora del hotel y convertirse en la persona que iba a escuchar latidos.
El carro arrancó en el estacionamiento del sótano y Alice condujo ella misma, como siempre. Sin chofer para ese recorrido. Eso también era una regla no escrita: e