El paquete no venía por recepción.
No pasó por el mostrador, no quedó registrado con un “buenos días” ni con una firma en una planilla. Apareció en el pasillo de servicio del quinto piso, apoyado contra la pared blanca junto a la puerta del despacho de Alice, como si alguien hubiera aprendido —a fuerza de observar— cuál era la ruta que evitaba cámaras, preguntas y testigos.
Carmen no lo trajo. Eduardo tampoco.
Fue Tomás, del turno nocturno, el que lo vio primero y, sin tocarlo, llamó a Emma con