Karl Smith llevaba cuatro horas en el Hotel Miller cuando Alice volvió de la clínica.
Había llegado antes de las nueve, que era su costumbre cuando no había motivo para llegar tarde y sí lo había para llegar temprano: el hotel tenía su propio ritmo de mañana, un orden de problemas que se presentaban en secuencia previsible, y Karl había aprendido que anticiparlos era más eficiente que reaccionar.
Eduardo le había cedido la mesa de reuniones del segundo piso sin que nadie tuviera que pedírselo.