El mensaje de las diez y cuarenta y siete de la noche del sábado decía:
Pase lo que pase el lunes, el martes sigue siendo de Max.
Alice lo había leído de pie junto a la ventana de la habitación 114, con el jardín afuera, la palmera de Thomas invisible en la oscuridad y Max dormido en la cuna.
No había respondido por escrito.
Solo había ido hasta la cuna, había acomodado la manta sobre el pecho de Max con dos dedos y había dicho muy bajo:
—Sí.
Después, el domingo por la noche, casi a la misma ho