Dos semanas después de la primera visita, Margaret volvió al jardín.
Esta vez Max la miró diferente.
No era reconocimiento pleno. Ocho meses y algo no eran una edad de certezas complejas, y Alice no iba a convertir una mirada en narrativa adulta solo porque necesitara que algo avanzara. Pero había una diferencia en la forma en que Max procesó el rostro de Margaret al verla llegar por el sendero: no era la atención alerta de lo completamente extraño, sino una curiosidad más tranquila, como si un