El libro de la luna tenía ciento cuarenta y dos páginas.
Alice lo supo esa noche porque lo contó despacio, con Max dormido y la habitación en silencio. Ciento cuarenta y dos páginas de planetas, órbitas y fases lunares dibujadas con la precisión de alguien que creía que las cosas podían conocerse del todo si se les prestaba suficiente atención.
La nota en la primera página seguía ahí, con la tinta marrón de alguien que la había escrito para nadie específico y para todo el mundo al mismo tiempo: