Valeria llegó a las ocho de la mañana con dos cafés y la carpeta de Karl marcada en cuatro secciones con notas adhesivas de colores.
Era su sistema: amarillo para lo técnicamente sólido, naranja para lo ambiguo, rojo para lo que requería conversación, azul para lo que ella llamaba, sin eufemismos, trampa disfrazada de beneficio.
Había tres adhesivos azules.
Alice los leyó mientras Valeria hablaba. No porque necesitara la explicación —había llegado a las mismas conclusiones la noche anterior—, s