El Penthouse, esa cumbre de mármol y cristal en Milán, no era ya un refugio de control, sino el escenario de una masacre emocional. El eco del portazo final que despidió a Aurora y a sus hermanos resonó en la vasta sala. Alessandro se quedó de pie, rodeado por los fragmentos del jarrón de cristal destrozado, el único testimonio físico de la violencia que había estallado. Su traje estaba inmaculado salvo por las arrugas de la camisa, pero su interior era un campo de batalla en llamas.
Se dirigió