Alessandro y Aurora subieron hacia la casa de seguridad solitaria en el acantilado de Calabria. El aire era pesado, cargado con el olor salado del Mediterráneo y la certeza de la traición.
Entraron en la estructura. En el centro del salón, sentado frente a una mesa vacía, estaba Silvio Moretti, sereno. A un lado, de pie, Dario. Y en la esquina, encadenado, el padre de Aurora, exhausto, pero vivo.
—Qué decepción, Alessandro —dijo Silvio, con una sonrisa fría—. Esperaba un ejército, no un aman