Aurora estaba en medio del caos de empacar. Su apartamento, su santuario, era el único lugar donde el apellido Vieri no tenía peso. Estaba intentando que su corazón volviera a un ritmo normal tras el secuestro laboral de Alessandro.
El golpe en la puerta fue seco y autoritario. Miró por la mirilla. Era Alessandro Vieri, con un traje de ébano y el ceño fruncido.
—Abre la puerta, Aurora. Estoy perdiendo la paciencia —dijo a través de la madera.
Ella se negó, pero él no necesitaba su permiso. Se o