54. La orden que quema
Los hombres intercambiaron miradas de asombro, pero no se atrevieron a cuestionarlo. Asintieron y partieron con rapidez.
Alexander regresó al lado de la cama, observando el rostro febril de Celeste. No debió llegar a este estado. Aunque era una prisionera, él no tenía intención de dejarla morir como un simple despojo en una celda.
Sus dedos se crisparon ligeramente. ¿Por qué hago esto?
No tenía una respuesta clara, pero en el fondo, algo le decía que Celeste no era una simple enemiga. Y eso, de