32. Desobediencia Mortal
El aire pesado de tensión cambió de inmediato, y todos los ojos se volvieron hacia el trono del rey. Salim, el rey, observaba desde su asiento elevado con ojos fríos como el hielo, viendo cómo una plebeya desafiaba la voluntad del reino con una daga en mano. Su mirada era implacable, su juicio final ya pronunciado.
—Todo aquel que desobedezca la decisión del rey será ejecutado —dijo con calma, su voz grave vibrando en cada rincón de la plaza.
La multitud contuvo la respiración, y los guardias,